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martes, 16 de julio de 2013

Métodos de caza

En la naturaleza, hasta el más mínimo detalle es aprovechado por cualquier especie para sacar todo su potencial. En el mundo de los cazadores, las adaptaciones y cualidades individuales adquiridas por las especies para sorprender al acecho y dar muerte a la presa, marcan la diferencia con el resto de animales. Garras que penetran en la piel de la presa como cuchillos, un camuflaje perfecto para no ser descubierto hasta el último momento, o una velocidad extrema para matar en cuestión de segundos hacen que dos animales aparentemente semejantes puedan llegar a ser tan distintos si se les conoce en profundidad.
En la península ibérica hay muchos cazadores nocturnos, de entre los cuales destacan  los alados, y dos de ellos serán los protagonistas de esta entrada. Dos rapaces que en determinadas zonas donde pueblos ganaderos irrumpen en extensas masas forestales, llegan a convivir y hasta a compartir cocina. El cárabo y la lechuza, dos magníficos matadores de pequeños mamíferos, principalmente roedores. El plumaje pone nombre a cada uno haciéndolos inconfundibles, pero también, como veremos a continuación, su forma de ganarse la cena los diferencia.
Empezaremos con el cárabo, ese búho forestal de ojos negros y plumaje críptico.


Cárabo común (Strix aluco) sobre un posadero habitual buscando alimento

 
Pocas veces lo veremos en posaderos bajos, suele esperar paciente en lo alto de árboles de gran porte, altas torres, tejados, cables... Por ello su observación también se hace más  complicada. Su arma fuerte es la vista, una vista tan potente que le permite detectar su presa desde las ramas más altas para posteriormente caer sobre ella como una mortífera sombra. Es más que conocido que esta especie es capaz de volar en la más absoluta oscuridad, pudiendo visualizar y esquivar cualquier objeto.

A diferencia, la vista de la lechuza es relativamente buena, mejor que la nuestra, pero más pobre que la del cárabo, su campo de visión está limitado a unos 110 º. Para sobreponerse a esta limitación es capaz de girar el cuello unos 270 º, lo que le permite cubrir todo el campo. Pero el arma secreta que le permite cazar con tanta efectividad es el oído. A menudo localiza las presas gracias a los sensibles pabellones auditivos que tiene alojados en el interior de los discos faciales. Estos actúan como auténticos conos amplificando enormemente los sonidos. Por ello, sus posaderos más frecuentados son los postes bajos, con especial predilección por los típicos cercos de palos y alambrada que delimitan los campos.
 
 
Lechuza común (Tyto alba) en su típico posadero controlando los campos
 
 
Una curiosidad que hemos podido destacar en ambas especies son sus "noches de abundancia".
En base a lecturas de grandes naturalistas británicos conocedores de la especie y nuestras propias estadísticas de observaciones de campo, llegamos a la conclusión de que hay días idóneos de caza para cada especie. Por lo general los días sin viento son los mejores sin lugar a dudas, ya que este entorpece tanto en ruido como en movimientos falsos de la vegetación. Por otra parte, mientras a los cárabos no les afectan tanto las nubes, la lechuza parece preferir los días en los que la brillante luna no desvela su posición. A estos dos factores podemos añadirles positivamente la humedad y las altas temperaturas, pues aumentan la actividad de los pequeños mamíferos e insectos.
Para concluir este post, cabe destacar que ambas especies las hemos estado observando en la misma zona y que los dos ejemplares que mostramos en sendas fotografías utilizaron los mismos campos para alimentarse.
 
Esperamos haber despertado algo de admiración por estos maestros de la caza en las tinieblas, o simplemente haber podido aportar alguna curiosidad a los seguidores del blog. Un saludo a todos

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